"Y mi vida se modificó" Señoras y señores, con ustedes, Fausto Rey.

Para el Iván Araque, todo un pana

 

Un carro descapotado, convertible, conducido por Ramoncito el de la Pipa, con Fausto Rey al lado y otros tipos del Combo Show de Johnny Ventura, estaba bajando por los frentes de mi casa, por mi casa de Villa Francisca, en la calle Juana Saltitopa.

Estábamos a mediados de los setenta, y entre noticias del inevitable fin de la guerra de Vietnam, la moda de los afros, la plaga de piojos en las escuelas públicas, la libertad de los presos políticos y la macana del Contralmirante blandida en el Parque Independencia, ahí estaba "Lisa, ya no eres tú, la Piquilina".

Ahí estaba Fausto Rey...

Nunca dio la talla para un buen merenguero. Muy dulce, melódico, con sus buches de chico que se merece ser llevado al zoológico -no para que lo dejen, sino para que le haga gracia a los pingüinos... Muy natural en sus gestos, en su voz, aunque con la pronunciación de la "y griega" le salía cierto aire porteño. El background que tenía era el de una generación post-dictatorial, engolada, que nunca pudo acercarse al oido de nadie sino era para gritar, en medio de esas ametralladoras que eran los temas "Ruina" con Nini Cáffaro o alguna primavera con el magistrado Fernando Casado.

Fausto Rey fue la primera estrella dominicana de los tiempos modernos, alguien que logró llenar el mítico cineteatro San Carlos y luego, convocar multitudes en el Estadio Quisqueya.

Fue un "Crooner", el Frankie Sinatra local, el muchachito con algún gesto inocente, la ingenuidad de los años 60 comenzando a sufrir los embates de una modernidad de consumo, de luces irredentas, más altas, más altas, oh, qué linda en el tope estás, quién te viera lucecita del alma...

Envuelto en las vestimentas blancas a lo Elvis, con un cuello blanco que le llegaba hasta el ombligo, tomando el micrófono con tres dedos, moviendo la cabeza de tal manera que todo el galillo o la nuez de Adán era visible, con una pronunciación de la y griega bien porteña, uruguayísima, con un swing que bien encajaría en onda Motown Record, con un aire de que el escenario no estaba ni estaría ya al alcance de la mano...

entonces mi alma era cándida y pura...

cuántas veces en mis sueños te he llevado junto a mí...

y en el eco de tu risa una nueva primavera...

Al Fausto de entonces le hubieras podido confiar tu prima y de seguro que el gesto más fresco que hubiese hecho sería alguna invitación a degustar juntos el paquete de rosita de maíz. El Fausto fue, junto a Anthony Ríos, la apuesta que utilizó el Ventura para desviar la atención, para seguir en su rol patrimonial, y bien que le salió el disparo. Mientras el Ríos se tostó asumiendo el melodramatismo del matador local que requería grandes dimensiones, el Fausto se fue por el lado de lo más íntimo.

Qué joya esta, con ese panderito tan delicado -como para que la ovejas salgan a comer-, los violincitos como para que algún ángel lanzara una flecha, y ahí estaba ya la amiga, bajando en las serpentinas de una  saxo tenor, dejando que la ciudad se incendiara, mientras el arca de la alianza y el refugio de los pecadores estaban en tus brazos.

Yo escuché decir

que tu hablaste ayer

que estás pensando en volver a mí

y te entristeces al saber hoy cómo estoy.

Pero tú tendrías que comprender

que aún conservo un poco de orgullo en mí

y ahora casi muerto ya tengo aquel amor

más no te dejaré seguir viviendo así.

Y mi vida se modificó..

Si, Fausto, mi vida se modifico y se transformó, pero no se perdió. Aquél tema compuesto por Roberto Carlos se diluyó como un Alka Seltzer letal en aquellas noches de insomnio. Buen aprendiz de Lavoissier que eres, Fausto, te daré tu medalla luego...

Nueva percepción del amor, de las relaciones. Nuevo concepto musical en una de las primeras super-producciones locales. Si mal no recuerdo, el Fausto, al igual que Sonia Silvestre, se va a la Argentina...

Qué sablazo ese, el del saxofoncito ahora tan celebrado, ese ronroneo de los deseos que se imaginan ya realizados, el acelerador a millón, la taquicardia haciéndonos casi hacer romper el vaso lleno de algo en algo que será algo porque no se precisará nada, salvo la ofensiva de los ejércitos enemigos que ya tendrás en tu estómago, el torax, la garganta, tus manos.

El Fausto interpreta a Roberto Carlos, a Manuel Alejandro, si es que la memoria no me falla... Rescata algo de las cimas ya descalabradas de la Nueva Ola, hay un corito que bien le hubiera servido de fondo a cierta presentación de Mayra, el ciclón del Caribe.

Bien años setenta esa técnica de dejarte en medio de la escalera y luego hacerte subir como si tuvieras que dirigir algo después del Apolo 11. Blueseado el Fausto, como si esperase el momento para acompañar a las Supremes o a la Dinah Washington que nunca tuvimos.

En el submundo donde estoy

sobrevivo sin saber si voy

a creer en el amor

si no te tengo a tí.

De nuevo el subibaja, el empuje brutal cuando creías llegado el momento oportuno del beso o el abrazo y te decían que no, baby, que te querían como el mejor amigo, pero que de todos modos se mantenía el cariño, y tú con ese nudo ahí, sí, ahí, en la garganta, sin saber qué cara poner, y lo peor: viéndote en los ojos del día después.

Ahí estaba el Fausto, confundiéndote con conceptos que nunca más compaginarían en tus constelaciones macho-tropicales. Qué es eso de submundo, de vida modificada, acláreme usted, señor juez. ¿Cómo es que el jevo ahora se pone a sufrir? ¿Quién ha visto eso?

Y si un día decides volver a mí

entonces sé que mi alma se elevará

tan sólo tu bien sabes cuánto yo te dí

más si no es por amor olvídate de mí.

Qué final más inesperado, Fausto, al fin no pusiste tu carapálida sino tu cara de palo, como dejando una ventana abierta por si la tipa no se decide a entrar por la puerta...

La lógica será la de siempre: si la montaña no va hacia tí, entonces lárgate a Playa Caribe.

En qué vuelta al kitsch andamos, en qué ondas rosadas, como si el amor en estos tiempos pudiera salir en pantaloncitos cortos y sin tarjetas de crédito, como si todo se resolviera a la entrada de los helados que explotan, Helados Bon, o contemplando cómo ha crecido la ciudad mientras nosotros somos más grandes aún, al menos de espíritu.

Con Fausto Rey accedimos a una nueva imagen del placer. Poder seducir era el to be or not to be... El tú a tú con la relación, el colocarse al mismo nivel, el feminizarse un poco el hombre, qué mas pedir, pedirse.

Dame alguna lágrima que beba...

Dame la fragancia de tu cuerpo

déjame explorarlo todo con mi aliento

y vagaremos por el bosque sin fronteras.

Pero los años 70 concluyeron alguna vez, y como todo dominicano de éxito, el Fausto se largaría a lopaíse... Allí se perdería entre restaurantes de la nueva clase medio dominican-york, añoranzas de la tierra, las ganas sempiternas de volver, volver sin la frente marchita. De paso el Fausto contribuiría con organizaciones de solidaridad con los presos políticos, sin politizarse necesariamente.

"Andando, soñando, amor amor, te estoy buscando." El Fausto regresaba de un país muy triste y gris. Lo haría con unas guitarras bien a lo Mamas and the Papas, con un buen Dominican Dream, mientras Belkis estará por poner otra canción, el Ivan buscará fuego para el cigarro, Tony, ya sabrán que por las nubes de Estambul, de la Desi, qué decir...

Sí, el Fausto estará por ahí, señores y señoras, cantando, soñando, amor amor, te estoy buscando.